Por Diana Molina
Sí, lo estás leyendo bien. Sé que suena rarísimo que alguien se plantee como meta algo que solemos asociar con la falta de ambición o el estancamiento. Parece un contrasentido, pero si rascamos un poco la superficie y miramos el contexto, descubriremos que esconde una verdad profunda.
Esta frase me la dijo una persona con la que llevaba un tiempo trabajando diferentes dificultades, entre ellas, el perfeccionismo.
El proceso de trabajarlo tuvo varias etapas:
Primero ponerle nombre. Esto fue lo más fácil. Ella ya sabía perfectamente lo que le pasaba y fue la primera en etiquetarlo.
En segundo lugar ver el alcance en su día a día: Analizamos cómo el perfeccionismo inundaba todas las áreas de su vida. Desde no presentarse a un examen por no sabérselo todo «al dedillo», hasta programar su jornada laboral como si fuera un robot, cumpliendo los horarios a rajatabla… y abandonando por completo el plan si algo fallaba.
En tercer lugar valorar el impacto. Identificamos las consecuencias negativas que esto le había traído (y le seguía trayendo). Pero también hicimos algo clave: buscar el origen. Planteamos hipótesis de cuándo, cómo y con quién había aprendido a ser tan auto exigente, y reconocimos —sin paños calientes— qué beneficios (porque siempre los hay) le aportaba actuar así.
Gracias a este análisis, y sobre todo a que no se sintió juzgada en ningún momento, sino acompañada «en equipo», fue asimilando la necesidad de cambiar el chip.
Y entonces, en un momento de pura epifanía, soltó la bomba: «Mi objetivo en la vida es ser mediocre».
Para ella, y desde ese momento, la mediocridad se convirtió en un superpoder que significaba:
• Ser permisiva y flexible con ella misma.
• Hacer las cosas razonablemente bien, sin buscar el 10 de 10 constante.
• Fijarse una meta y tener la libertad de cambiarla si las circunstancias cambian.
• No tirar la toalla cuando las cosas no salían exactamente como esperaba.
• No imponerse estándares imposibles que acababan pasando por encima de su propio bienestar.
• Aceptar el error como la única forma real de aprender.
• En definitiva, significaba auto cuidado.
A veces, bajar el listón de la exigencia es la única manera de empezar a disfrutar del camino.
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