¡Hola Sr. Magistrado! Soy mujer y trabajo como psicóloga clínica. Vivo en el día a día los estragos de la mujeres violadas y la infancia abusada.

En mis visitas ya he superado la fase de echarme las manos a la cabeza en privado y  juzgar con los peores atributos en silencio (aunque he de reconocer que a veces me vuelve) y estoy en  reflejar sólo comprensión y empatía para reducir todo lo que pueda la culpa y la vergüenza de mis pacientes que, de tanto sentir, se podría decir que ha quedado en su ADN.  Y también estoy  en la  de buscar soluciones para ayudar al paciente a que el agujero negro de su capa de ozono emocional no se haga mayor con el uso de sprays como el CULVERSIL Extra Fuerte (CUL de culpa, VER de vergüenza y SIL de silencio) y pueda utilizar otros menos agresivos como el  AUCOMPASSION (de auto compasión).

Sr. Magistrado usted es experto en leyes y por tanto doy por sentado que su formación ha cumplido los requisitos exigidos (es una oposición durísima que obliga a pasarse años mínimo tres años de su vida dedicados a ello), pero sus palabras me confirman la ausencia de educación emocional que tenemos. ¿Qué es? Recoge muchos contenidos diversos como entender que son las emociones, reflexionar sobre como las sentimos y aprender a gestionarlas y desde ahí  desarrollar la empatía, la sensibilidad y la humanidad de colocarse en el lugar del otro al darte cuenta de que sus vivencias han sido las tuyas o lo serán.

Sr. Magistrado ha de saber que lo que nos distingue del mono y de animales inferiores es el lóbulo prefrontal y lo que nos acerca a ellos es el sistema límbico o cerebro emocional. Pues bien, en situaciones amenazantes quien dirige nuestra forma de comportarnos es  este cerebro y hay tres respuestas básicas: atacar, bloquear, huir. Cuando la amenaza es muy, muy elevada el cerebro emocional puede defender a la persona mediante el bloqueo, el quedarse paralizada y el de no poder articular palabra. Lo importante es que SE DEFIENDE. Es paradójico pero es así. Es una forma de protegerse que se produce sin la participación del pensamiento, y de las palabras. Es automático. Sería lo que la chica de la manada dice “estar en shock”, añadiendo “ni pensé ni pude decidir en ese momento”. No habría mejores palabras para definirlo.  Debido al ataque, el lóbulo prefrontal -de forma puntual-  deja de controlar o manejar al sistema límbico y este arbitra la respuesta que más le asegura la supervivencia porque estando rodeado de cinco miembros de una manada genera mucha inseguridad como mínimo.

Como mujer me pregunto: ¿Desde qué cerebro actuaba “La Manada”?. No me cabe duda y creo que a nadie  -ya que ellos mismos se hacen llamar así- desde el emocional amparado por las creencias y concepciones que integran la sociedad patriarcal. Y por eso me uno a las reivindicaciones de mis congéneres.

Como psicóloga clínica reivindico la necesidad de más y mejor educación emocional como “fondo de botiquín” y de cara a un futuro más esperanzador para todos.

 

Diana Molina
Psicóloga Clínica N.º 4118