¡Hay Esperanza!

 

Era mediados de junio y el curso estaba a punto de acabar. Después de haber estado el anterior de baja, este había sido un reto y una oportunidad para demostrarse a si misma y, de paso, al resto del mundo, que ella podía trabajar. Sabía que su puntualidad tenía que mejorar mucho pues el registro anual donde como un escribano apuntaba cada día que había llegado tarde a trabajar y cada día que la ansiedad se le había impedido, estaba lleno de cruces. También sabía cuando había descuidado a algún alumno de aquellos que se sabe que van solos y le había dedicado más tiempo a los que les costaba más, o cuando había invertido poco tiempo en preparar sus clases. No se sentía orgullosa -lo notaba en su estómago- pero si con la determinación de tratarse a si misma como trataría a una buena amiga.

Yendo hacia terapia, se puso a pensar sus objetivos de mejora personal y le había dicho a la psicóloga “Quiero revisar en que punto estamos, en que he mejorado, en que estoy igual y en que he empeorado y así plantear que y como vamos a trabajar a partir de septiembre”.
Sentía agradecimiento hacia sus compañeros y la directora del colegio por su flexibilidad y tolerancia. Se sentía muy apoyada pero el nuevo curso traería más cambios que los habituales y irremediablemente sentía miedo. ¿Qué nivel le tocaría? ¿Tendría tutoría? ¿Cómo serían los nuevos compañeros? ¿Y la directora o director?. En fin todo eran preguntas y, de momento, ninguna respuesta y así pasaron algunos días donde la ansiedad y el calor se confabulaban para hacerla sentir incómoda y fuera de lugar allá donde fuese.

Un miércoles por la mañana recordó el consejo de una de las terapeutas más proactivas de las que había tenido: “Cuando tengas miedo, vete a por ello, miralo de frente” Y así hizo. Pensó que quería y que no contar de si misma. Como quería presentarse. No quería parecer una víctima ni actuar como Don Quijote. Se dirigió al instituto y se plantó en el despacho de la nueva directora y con una mezcla de coraje, miedo, vergüenza le explicó que ella tenía una discapacidad reconocida del 33% por un trastorno mental y que como había leído en muchos artículos esto indicaba que ella necesitaría “más ayudas” que otras personas para llevar hacia adelante cualquier proyecto.

Por primera vez en el mundo de la enseñanza se encontró una directora cálida y profesional que la escucho, no la juzgó y le enseñó que existía el artículo 25 que explicitaba la posibilidad de adaptar las condiciones laborales a sus diferencias. ¡No lo podía creer, se habían alineado los planetas!

Tras algunos papeleos administrativos la directora la llamó a su despacho y le explicó los ajustes y cambios que harían en su programación para facilitarle sus tareas como profesora. Por fin pudo respirar. Estaba tranquila y ahora si que estaba satisfecha y orgullosa. Había conseguido hablar de sus dificultades sin culparse ni agredir, es decir, sin hacerse daño ni a si misma ni a ningún otro. Había sido escuchada y validada y conseguido condiciones laborales adaptadas a sus dificultades. Se sentía capaz y agradecida a la vida que la estaba dando la oportunidad de crecer y tener esperanza.