¿Siento que soy un fraude?¿Temo que esperen de mi algo que no voy a poder dar? Poner nombre a vivencias como «Me siento una impostora»  te ayudará a no sentirte sola. Averigua cómo se desarrolla, qué conductas lo mantienen y cómo gestionarlo.

El término “fenómeno del impostor” fue acuñado en 1978 por Pauline Rose Clance & Suzanne Imes de la Universidad Estatal de Georgia (Atlanta). En un artículo publicado en la revista Teoría, investigación y práctica de la psicoterapia describieron en qué consistía, a qué población afectaba principalmente, cómo y cuando se desarrollaba, y qué factores lo mantenían.

¿Qué es el fenómeno del impostor?

Es una vivencia interna que afecta a personas muy productivas y eficaces que piensan que sus éxitos profesionales son resultado del azar o de su trabajo incansable, pero no de su inteligencia o aptitudes. Originalmente se valoró que afectaba con mayor frecuencia y mayor intensidad a las mujeres, pero diferentes estudios con estudiantes universitarios, profesores universitarios y profesionales exitosos mostraron que los hombres de estos colectivos tenían la misma probabilidad que las mujeres de experimentarlo.

Se trata de una creencia que la persona acepta como válida y que lleva asociada una forma de sentir y actuar. Son precisamente estos factores los que contribuyen a que se mantenga de forma persistente en el tiempo y en contra de la propia realidad: los éxitos, el reconocimiento social y la mejora profesional no son suficientes para reducir/negar esa convicción.

Genera un alto nivel de sufrimiento ya que la persona siente que engaña a los demás y sobre todo, vive con el miedo a ser descubierta y a decepcionar. No está asociado a ningún diagnóstico específico, pero si a diferentes síntomas -de los que nombramos sólo algunos- como ansiedad, baja autoestima, perfeccionismo o sintomatología depresiva.

¿Cómo y por qué se desarrolla?

La investigación ha mostrado dos tipos de experiencias familiares tempranas que facilitan su desarrollo, a lo que hay que sumar el peso del estereotipo social femenino.

En un primer caso se trata de personas que han nacido en un entorno donde el rol de inteligente caracterizaba a otro miembro de la familia. La persona se siente valorada por otros aspectos de su personalidad (ternura, sensibilidad, buen carácter, etc), y lucha contra quedarse encajonada en esta definición esforzándose más y más por demostrar su capacidad. A pesar de sus éxitos y resultados, el entorno familiar la sigue viendo y valorando desde la misma óptica. Como consecuencia se interioriza una imagen de “querer ser lo que no es” y aparece la creencia de “me siento/soy una impostora” que articula cada acción y se resiste a la valoración que recibe y a sus propios resultados.

En el segundo caso el entorno familiar ha sobrevalorado a la hija/o en todos los aspectos (personalidad e intelecto). Se le ha transmitido que es perfecta/o y podrá conseguir lo que se proponga siempre y con facilidad. La persona vive un choque entre aquello que le dice su familia, lo que ve al compararse y lo que realmente le cuesta obtener buenos resultados. Empieza a dudar de las atribuciones familiares, pero sobre todo se empieza a dudar de sí misma y secretamente siente que decepciona las expectativas depositadas en su persona, ya que “esperan de mi algo que yo no puedo dar” o “no soy lo que ellos creen”.

A estas experiencias, en el caso de las mujeres, se une la interiorización de los estereotipos de género que durante tiempo han mantenido que el espacio de la mujer era el privado (la casa) y que el éxito profesional estaba reservado al hombre.

¿Qué conductas mantienen el fenómeno de impostor?

La ciencia conductual nos muestra que cualquier conducta (pensamiento, emoción y acción) se mantiene en el tiempo sólo porque es reforzada y esto mismo sucede en este caso.

La práctica clínica demuestra que hay cuatro factores.

El trabajo duro invirtiendo las horas que hagan falta. La persona cubre su miedo trabajando más y más. Cuando tiene éxito sólo lo puede atribuir al esfuerzo que supone dejar de lado otras áreas de su vida.

2º La persona calla sus opiniones o evita expresar lo que piensa ya que a través de lo que diga podrían ver el alcance de su inteligencia. Sólo si callo evito ser descubierta en mi inferioridad.

3º Se busca obtener la aprobación y reconocimiento de las personas que siente como una autoridad. A veces lo hace de forma directa, pidiendo al otro que valore su trabajo. En otras ocasiones lo hace de forma indirecta a través de otros aspectos de su personalidad que le acercan a esa persona (capacidad de escucha, humor, preocupación, interés por los mismos temas, estar siempre disponible, etc).

4º Según Horner sentirse una impostora evita el miedo a ser rechazada socialmente.

¿Cómo podemos suavizar/reducir el fenómeno del impostor?

Dependiendo del grado de sufrimiento lo ideal es realizar una psicoterapia cuyo objetivo final es que la persona que se siente una impostora se haga lo más independiente posible de la valoración de los demás, interiorice y reconozca sus logros y acepte una visión realista de sus puntos fuertes y débiles.

No obstante, vamos a dar algunas orientaciones que, como siempre decimos, sirven como punto de partida para trabajar sobre uno mismo.

Ponle nombre a esta vivencia. Es como “encender la luz” en una habitación que está oscuras.

Entiende que se ha configurado en base a tus patrones familiares, pero que no tiene que ver con tu presente ni con tus resultados. Se trata de distinguir entre pasado y presente para adquirir una nueva conciencia.

Permite y acepta la interferencia de esta creencia en tu presente y aprende a relativizarla y evitar hacerla mayor. Por ejemplo, cuando recibas un elogio por tu trabajo y pienses cosas como: “Eso es porque no se lo han leído todo”, “En realidad me valoran porque soy buena persona”, “Seguro que es por aquel último artículo que encontré por azar y lo incorporé”; recuerda que estos pensamientos son viejos compañeros tuyos. Intenta refutarlos con otros alternativos como “Fulanito nunca valoraría un trabajo sin habérselo leído todo, es exigente”, “Soy una buena persona, pero esto no determina la calidad de mis trabajos”, “Del último artículo ha sacado mayor comprensión del concepto, pero el esqueleto del trabajo ya lo había pensado antes”.

Lleva un registro de situaciones de las que te sientas orgullosa y que puedas releer cuando tu confianza comience a flojear.

Y lo más importante, deja de hacer aquello que mantiene el fenómeno del impostor, como trabajar muchas más horas, pedir confirmación a los demás sobre lo que haces, no permitirte errores, disculparte por no haber estado presente en determinadas situaciones, o lo que sea que hagas para sentirte competente.